El glaucoma –o, mejor llamado, los glaucomas- son una familia de enfermedades de aspecto, evolución y gravedad variables pero con un rasgo común: El nervio óptico sufre un daño progresivo y sin tratamiento la visión se deteriora hasta la ceguera. Esta enfermedad fue descrita ya por Hipócrates, que la nombró a partir del tono verdoso (glaucos) que adquiria la pupila de los enfermos según este médico de la antigua grecia.

El glaucoma normalmente va unido a una presión intraocular elevada y el tratamiento de la misma es la piedra angular del tratamiento y seguimiento del glaucoma. Esta enfermedad típicamente no da síntomas hasta que se encuentra en estado avanzado, y dado que la cantidad de daño sobre el nervio óptico que el glaucoma ha causado al momento del diagnóstico es irreversible, es importante detectar el glaucoma cuando éste no ha tenido ocasión de provocar daño o el mismo es mínimo. La detección precoz del glaucoma es posible con revisiones periódicas englobadas dentro de la revisión oftalmológica general recomendable a toda la población a partir de los 40 años. Mención aparte para personas con familiares que sufran glaucoma. Estas personas se deberan revisar antes ya que el glaucoma presenta cierto grado de agregación genética.
Una vez realizado el diagnóstico, la mayoría de pacientes tendran un control satisfactorio de su enfermedad una vez se consiga mantener la presión intraocular en unos niveles adecuados. Ésto normalmente se logra utilizando los fármacos llamados hipotensores oculares, colirios que se administran una o dos veces al dia. Los pacientes que no consigan un control adecuado con uno o más colirios normalmente se beneficiaran de opciones como el láser o la cirugía. Dado que la eficacia de los tratamientos en una persona puede variar con el tiempo, el seguimiento con una periodicidad personalizada (habitualmente entre 3 y 6 meses) con revisiones de la presión intraocular y del campo visual serán importantes, así como un cumplimiento estricto del tratamiento.
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